OTRO MEMORIAL PERDIDO
Señor Ministro, excuse usted el atrevimiento de este servidor por distraerle de sus muchas ocupaciones con este papel lleno de faltas y mal pergueñao de argumentos. Perdón por las molestias, señor Ministro.
A este servidor, que lo es de usted pa lo que guste mandar, siempre le ha tirao un poco la cosa del pensar, a pesar de que no tiene más luces que la que Dios quiso darle en este mundo, que si no fue mucha, El sabrá por qué, y otra poca que pudo adquirir en esta vida entreverada de penas y alegrías.
En los largos ratos de soledad que vivo en el campo, mientras los animales, algunos tengo, señor Ministro, que son una bendición, hacen por ellos, me se va la cabeza a lo que me rodea, y me doy cuenta de tantas y tantas cosas que no sé, que me entra como una miaja de vergüenza y, por qué no decirlo, de pena por mi poco entendimiento. Yo no he sío nunca de los más brutos del pueblo y mi brazo ha estao siempre pronto y fuerte pa la faena, y mi estómago no sabe de reparos en la comida, que la que tuve, la comí, y muy a gusto y agradecido a Dios por ello. Con lo que escribo quiero decir que voluntad de saber, la tuve, y coraje pa trabajar no me faltó ni me falta, y sacrificios, estoy hecho a ellos como la zamarra a mi cuerpo, pero en mi casa había pocos posibles y mucha necesidad, y yo, desde que era tamaño así de chico, no supe de otra suerte que la de la obligación de trabajar pa aliviar de algunas faltas a mi familia. Así que desde muy temprano me puse a la tierra y a los animales, abandonando mis naturales ganas de conocer un poco más. Pero el caso es que hoy tengo un chaval que va pa diez años, que es listo como el hambre, y tan espabilao y tan puesto en las cosas de escuela, que asombra a cuantos le tienen trato, y es tan alto y apretao en carnes y fuerza que parece retallo de otra planta, perdone la comparación, señor Ministro; quiero decir que podría pasar por hijo de familia pudiente, de la gloria que da de verlo. Y no lo digo yo, que sé que los ojos de padre tienen un aquel de ceguera por el cariño, y el corazón, por lo de la sangre, anda muchas veces engañao, sino que lo dice mismamente el Maestro, un señor de mucho saber y muy leido, que habla de que el niño, a poco que se le arrime alguna ayuda, puede llegar a hombre de carta o de libro. Yo quisiera que usted lo escuchara, señor Ministro, cuando me lo llevo al campo conmigo; me cuenta unas cosas que, a veces, me cuesta trabajo de creer como ciertas de tan bonitas y raras. Me habla de las estrellas del cielo, de que a algunas la llaman con nombres de animales, como a una tal Osa la Grande, según quiero recordar, y que hay otra más pequeña que será talmente su cría. Me enseña de plantas y de animales, y de sus hechuras por dentro y de tantas cosas del campo que yo, con los años que llevo vivío en él, nunca pude barruntar que existiran. Y me da noticias de lugares lejanos y de corrientes de aires; unas buenas y otras muy dañinas, y de aguas de mares misteriosos. Pero sobretodo, parrafea en los libros con una soltura que me pone ,más de pasmo que de orgullo de ser su padre, los pelos de gallina, aunque me esté mal el decirlo, señor.
Por estas razones le molesto, señor Ministro, pa que en lo que usted pudiera le ayudara a su especial juicio, siquiera sea pa que el día de mañana no se vea como yo. Repare que nunca me he quejao ni pido nada pa mí,sino pa mi chico porque sería un contradiós que se perdiera tan buena sembradura.
Pase por alto, señor, las muchas faltas de formalidades en la manera de escribir porque nunca tuve tiempo ni medios pa aplicarme en ella.
A mandar siempre.
Hasta aquí la carta para la que no hubo respuesta. :
OTRO MEMORIAL PERDIDO
Algunos años después:
Hoy me han dao cuenta de cosas que nunca hubiera querido escuchar; que usted, señor Ministro, siempre tuvo caudales pa poder cambiar el sino de mi muchacho, y que no lo hizo porque casos como mi hijo hinchaban la envidia de los demás y no le rentaba sino quebranto en la autoridad. Hoy he tenío noticia, señor Ministro, si es que todavía está de ello, ¡No lo quiera Dios! que usted gastó buenos cuartos en otros que por méritos tenían el no tener ninguno sino el despertar la compasión, porque por esta tierra siempre ha tenío más enjundia el corazón que la cabeza, y más ganancia las lágrimas que el talento. Por eso, cuando el trabajo de echar pa adelante la vida me suelta un rato y me pongo a cavilar sobre estos pormenores, le maldigo con todas las fuerzas que aún me quedan ¡.Maldito sea, señor¡, porque por mor de usted, mi hijo ya no habla de estrella, ni de flores, ni de pájaros, ni de aires ni de tierras lajanas. Ya no siente apego por los libros ni curiosidad por las cosas. Se le nota como un desaliento de ánimo y una tristeza y un no querer nada que el verlo así a mí, que estoy hecho a los malos tragos, me se caen los arrestos de vivir.
Ya está como yo, señor, en el campo, arrecogío en su soledad y en su ignorancia, sin otras luces en la cabeza que la del sol y la de la luna, y, a veces, cuando me mira, seguro que se ve reflejado en mí, y, entonces, veo en sus ojos como un brillo de furia animal que me se clava y me duele en las honduras de los huesos como si una púa me traspasara las coyunturas o un pincho me fuera ensartando las entrañas. Hoy me ha entrao en el conocimiento el saber que como mi hijo hay muchos otros por ahí que se preguntan lo mismo, demasiados zagales que por un casual desgraciado llevan unida a su pobreza la inteligencia como una pregunta violenta que lastima la conciencia cuando se tiene; ¡tanto niño por esta tierra, señor, triste, desanimado, rencoroso y perdido para siempre como una oración desatendida ¡ Por eso, señor Ministro, maldito sea.
Esta vez sí hubo respuesta, pero por vía judicial
Pedro Duque Pavón
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